lundi 21 août 2017

Un métier respectable




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Etienne Milena
Eleveur de porcs
Gestion du personnel.

Cette mention somme toute neutre et bon enfant à l'élevage porcin a été caviardée par les robots de google, qui l'ont sans doute jugée irréverencieuse et impropre à la consommation. Au bout de deux ans,  autant dire qu'à ce rythme, ils ne sont pas près de se payer Kasparov. Je ne relèverais pas cette censure sans importance si elle n'était pas emblématique du manque de jugeote du monde du numérique. Comment expliquer à ces robots (joli et unique mot tchèque de la langue française inventé par Çapek) l'étendue de leur incompétence robotique. Aurais-je voulu écrire "éleveur de porcs" pour décrire les usagers du Net, je ne vois pas pourquoi censurer mon ire. Comme dit Larry Flynt dans le film éponyme de Forman: "C'est tout de même mon droit d'avoir mauvais goût". Or, ce n'est pas le cas. Il s'agissait d'une référence précise que je glisse ici par mesure de compensation.


"Au XXe siècle, l'Occident a développé les "industries culturelles". Le capitalisme s'empare de la question du beau et s'occupe de la production du goût. Les artistes sont contingentés dans des musées et des galeries pour établir un marché spéculatif pour les bourgeois ayant besoin de somptuaire. Pour les masses, les industries deviennent les grandes surfaces, la publicité, les grandes marques. Il s'agit de ce que mon ami Gilles Chatelet appelle "vivre et penser comme des porcs". Pasolini s'est beaucoup intéressé aux porcs. Avez-vous vu comment s'organise la distribution de la nourriture à des porcs ? Eh bien si vous regardez la manière dont cela se passe, cela ressemble beaucoup à un supermarché. Les mouvements artistiques ont tenté de "resomptualiser" ce devenir-radicalement prophane du monde. (...) L'art est devenu un marché, et un marché pollue toujours la marchandise." (Bernard Stiegler)


dimanche 20 août 2017

Assez




Quelle foutrerie que l'existence ! Et quel sentiment de défaite celui qui suit toute collusion avec les autres, à qui on ressemble, de la barbe aux orteils. La plouquerie mortifère occupée de ses petites affaires de zguègue et de cul, de l'ouvrier boiteux au rentier ramassé dans sa bave de suffisance. Des esprits choisis embellissent le tableau, dit-on ! "Esprit choisi" toi-même, camarade ! La même daube, la même envie de peinturlurer de ses fluides le monde entier, de déféquer sur ce qui n'est pas du même parti, de tout escamoter et tout ratiboiser autant que faire se peut, pour mieux s'astiquer la tige sur la plaine des âmes sensibles !

Les factures payées, c'est ce qu'il reste : foutre et refoutre, voyager si possible, refoutre encore, attirer l'attention par quelque moyen que ce soit, et se bourrer le mou d'idées flamboyantes, celles d'avoir fait les choses correctement, bien loin, sur le plan évolutif, de la déraison des chimpanzés.

L'humiliation de vous ressembler.

Etienne Milena


mercredi 16 août 2017

Antitweet 121


L'esclave, dans sa souffrance et l'aberration de sa condition, reçoit la rétribution minime, pour survivre et continuer ses travaux de manière efficace, à l'image de sa projection moderne, le travailleur actif. Il n'en est pas de même pour le plus ancien métier du monde, où l'activité incessante rythme les nuits et les journées,  et la liberté se limite aux regards approbateurs d'une autorité illégitime et inférieure en tous points, où la seule rétribution de tant de sacrifice et de temps pour les autres demeure l'expulsion sociale à moyen terme et les médisances du voisinage : femme au foyer.


Etienne Milena ©


mardi 15 août 2017

Antitweet 120


Le besoin de guider les autres naît généralement d'un rendez-vous manqué avec soi-même.


Etienne Milena ©

Antitweet 119



L'amour obéit à l'instinct; le respect, à une éducation choisie. Le second jouit d'une popularité moins grande que le premier, car son mérite est moins visible pour la majorité, bien qu'il soit plus important.

Etienne Milena ©


Antitweet 118


L'amitié devrait posséder son propre tabou de l'inceste. Un espace réduit de défiance mutuelle et de séparation sert de fertilisant au meilleur des sentiments.

Etienne Milena ©

mercredi 9 août 2017

Arquitectura





" A veces ocurre que confundo un cabaret con un crematorio y paso por lugares destinados a la diversión con el ligero escalofrío que provocan las dependencias de la muerte. Confusiones como esta hubieran sido imposibles años atrás. Entonces, con algún que otro rodeo, se podía por lo menos relacionar lo feo, lo tosco y lo malogrado con lo bello, lo delicado y lo bien construido. Un edificio que recordara vaga, aunque dolorosamente, a un templo clásico era sin lugar a dudas un teatro de opereta. Lo que parecía una iglesia era una estación central. Era embarazoso, pero en cierto modo también práctico. Uno se sabía al dedillo las leyes de la verdad aparente y reconocía sin falta el sucedáneo allí donde divisaba lo auténtico. Si dabas con mármol, automáticamente sabías que se trataba de yeso. Sin embargo, desde que a los hombres se les ocurrió que su época, la moderna, requería un "estilo moderno", de nada me sirven las reglas con las que antes era capaz de equivocarme con total seguridad. Es como si todo el vocabulario falso de un dialecto convencional que uno ha aprendido con esfuerzo hubiera perdido validez. Puede ocurrir que con las prisas ante un inminente viaje en tren busque por ejemplo un cine con el propósito de hallar una estación. Pero este método ya no es válido. Lo que antes, nunca sin rodeos, creía que era una estación es ahora un salón de té en un palacio de deportes. Las fachadas de la época moderna me provocan desconcierto.

Mayor perplejidad causa la arquitectura de interiores. Que las salas de operaciones blancas y esterilizadas son en realidad pastelerías ya lo sé. Pero sigo confundiendo  una y otra vez esos tubos largos de vidrio que cuelgan de la pared como termómetros. Está claro que son lámparas, o, como se dice ahora más correctamente, "punto de luz". El tablero de una mesa de cristal no sirve para que el cliente pueda verse cómodamente las botas mientras come, sino para producir ese chirrido, que le llega a uno hasta la médula, al desplazar el cenicero de metal sobre el material transparente. Existen unos objetos bajos, amplios, hechos de una madera barnizada de blanco, sólida, que no tienen patas, recuerdan una caja y son huecos. En esos objetos se sienta la gente. En verdad no son sillas, sino más bien "asientos". La confusión puede afectar también a los objetos animados que conocemos con el nombre genérico de "personal". Una muchacha de pantalones rojos y chaqueta azul con botones dorados, tocada con una gorra redonda, como las de los bosnios, a la que yo - si la malicia de esta época no me hubiera hecho un poco desconfiado - habría tomado sin dudarlo por un hombre, y a la que sin embargo, estúpido como soy, confundí con una especie de guardia de corps salido de una película de época, esta muchacha, digo, se ocupa en realidad del guardarropa, los cigarrillos y la muñecas de seda, delgadas y sin articulaciones que recuerdan a los alegres cuerpos sin vida de los ahorcados.

La arquitectura de interiores puede conducir a situaciones peligrosas. Pienso con cierta nostalgia en aquella falta de gusto suave, apaciguante, de terciopelo rojo, de unas habitaciones en las que la gente vivía desprevenida. Era un ambiente poco saludable, lúgubre, frío, lleno probablemente de bacterias perjudiciales, y pese a todo agradable. La acumulación sobre las cómodas de baratijas inútiles, frágiles y sin embargo cuidadosamente conservadas generaba una confortable indignación que lo hacía a uno sentirse como en casa. Incumpliendo todos y cada uno de los requisitos de la salubridad - que son un suplicio - , se cerraban todas las ventanas y no había un solo ruido que llegara de la calle y se colara en las inútiles y sentimentales conversaciones familiares. Llenas de gérmenes infecciosos, unas mullidas alfombras hacían que la vida mereciera ser vivida y la enfermedad fuera un consuelo, y por las noches, como una bendición, una araña de cristal sin estilo daba una luz suave y serena.

Con tal falta de gusto vivían nuestros padres. Los hijos y los nietos, en cambio, viven en unas condiciones de salubridad exageradas. Esta abundancia de luz y de aire propia de los nuevos edificios no existe siquiera en la mismísima naturaleza. Un estudio acristalado hace las veces de dormitorio. Se come en el gimnasio. Habitaciones que uno hubiera jurado sin el menor reparo que eran pistas de tenis sirven de biblioteca y de salón de música. El agua murmura en miles de cañerias. Hacen ejercicio en los acuarios. Descansan después de las comidas tumbados en mesas de operación de color blanco. Y por la noche unos fluorescentes ocultos iluminan la habitación de manera tan uniforme que deja de estar iluminada. Es un estanque de luz.


Müncher Illustrierte Presse, 27 de octubre de 1929"


Joseph Roth, Arquitectura in Crónicas berlinas